29 oct. 2012

Cebada Nórdica

De este lado del mundo la gente se gana la vida -o la pierde- como puede. A diario millones de almas o lo que queda de ellas ponen la imaginación al servicio de la supervivencia. Y por esas trampas que nos impone la rutina somos capaces de percibirlo sólo cuando algo altera el paisaje al que estamos acostumbrados.
Aquella mañana algo estaba desencajado. El tren llegaba en horario y con la densidad acostumbrada, sin embargo el alegre trovador moderno lloraba enroscado a su guitarra.
Debí seguir mi camino de oficinista imperturbable pero aquel descalabro de lo cotidiano impidió que me hiciera el desentendido. Entonces me acerqué y le pregunté si podía ayudarlo y me respondió:   
—Pagame el desayuno y te cuento la historia más triste que vieron estas vías.
Revolvía el café como buscando respuesta. Hay gente que llora porque no tiene zapatos mientras otras ríen sin pies, empezó diciendo y con tono épico continuó: esos pequeños héroes carecen de reconocimiento, y esa es nuestra misión evitar que sus hazañas se pierdan en los vericuetos del olvido.
Quizás un buen ejemplo sea Elías, un buscavida más de esta ciudad.  Se ganaba la vida como obrero metalúrgico y con ello pudo levantar una casa, alimentar a su esposa y educar a cuatro niños. De día trabajaba y por las noches bebía. Se emborracha porque sí, para tener por qué sentirse mal. Cuando llegaba a casa, tampoco se encontraba con lo predecible sino con niños sonrientes que lo ayudaban a desvestirse mientras la mujer acomodaba la cama y le garantizaba silencio.
Pero una noche de verano, hace ya quince años, ocho meses y cuatro días, una oscuridad apocalíptica se adueñó de su destino. A la salida de un bar le fallaron los reflejos y una parte de las vías del tren se quedó con sus  piernas. No volvió a caminar pero tampoco volvió beber.
Cuando Elías perdió las piernas ya estaba cansado de transitar aquellas escaleras, subía y bajaba ese conjunto de peldaños cuatro veces por día: dos cuando se iba a trabajar y otras dos cuando volvía.
Después de recuperarse del accidente, si puede decirse que lo hizo, cambió de oficio. Desde entonces, partía a trabajar a las cuatro de la madrugada y en veintitrés minutos recorría las dieciséis cuadras que separaban su casa de la estación de tren.
Manejaba la silla de ruedas con maestría pero aún así le costaba sortear el obstáculo de los cuatro metros con cuarenta y dos centímetros de altura del paso a nivel bajo tierra que debía sortear para cruzar las vías. Esa diferencia entre un lado y otro de los andenes, quizás imperceptible para cualquier otro ser humano, eran para Elías un abismo. Veintiséis escalones hacia abajo, veinticinco metros de un lúgubre y hediondo pasillo más otros veintiséis escalones hacia arriba, se imponían como peaje en la mejoría de sus ingresos; por esos caprichos de la estadística, del otro lado de las vías siempre se juntaba más dinero. Nadie le prestaría atención a tan ínfimos y específicos detalles, pero cuando te faltan las piernas, los detalles cuentan, cada uno de ellos hace la diferencia. Cada vez que cruzaba las vías Elías contaba de nuevo los escalones y con ellos evocaba el recuerdo de todo aquello que perdió junto a las piernas.
Una noche, como tantas otras, Elías, el Flaco y el mudo que vende medias se quedaron esperando que partieran todos los pasajeros del tren y con ellos las últimas monedas. Había sido un día sofocante por eso los más jóvenes destaparon una cerveza y se sentaron a disfrutarla bajo los murales de la esquina oeste.
Los grafittis le daban color a los sombríos túneles de la estación y todos ellos exhibían crípticos mensajes superpuestos. Elías estiró los brazos, hizo sonar los dedos y dijo:
— ¿Qué mierda dirá ahí, no?
El mudo limpiándose el silencio en la garganta, le respondió con picardía:
—Dicen que si lo pronuncias tres veces seguidas aparece un mago capaz de concederte el más imposible de tus deseos.-
Sonriendo los saludó con la mano alzada y salió de la estación con urgencia para rendir a la patrona el fruto de sus esfuerzos.
Entre risas el lisiado repetía como esquizofrénico:
—Racnurak… Rañorac… Reigñoraq
—Raknurac… Reigñorac… Raknurak
—Racnurak… Rañorac…  Reigñorak
Las carcajadas estallaron amplificadas por la soledad del túnel de concreto rompiendo el ritmo de las goteras de una vieja cañería pinchada por ahí.
Cuando se restableció el silencio, Elías miró a su compañero y le confesó:
—No sabés cómo te envidio, Flaco. Me muero por tomar una cerveza.
De repente, como si viniera desde el mismo infierno, escucharon el creciente silbido de una canción conocida; nunca supieron de donde salió porque lo vieron recién cuando ya estaba muy cerca de ellos. Era un hombre alto y atlético vestido con un sobretodo negro, de piel muy pálida y ojos oscuros. Su aspecto era realmente inquietante pero mucho más lo era su sonrisa.
Sacó del bolsillo una de sus manos enfundadas en guantes también de cuero negro, y extendiéndosela al Flaco se presentó como Adán. Giró su rostro hacia el tullido y le dijo con firmeza:
—Aquí estoy Elías, tal como pediste.
Entonces con la cara sonriente el equilibrista de la silla le pide con un gesto al Flaco que se vaya. Mientras se aleja el hombre puede ver a Elías y Adán frente a frente justo antes que las luces se apagaran y le dieran fin a la jornada ferroviaria.
Luego de cruzar las vías vuelve a mirarlos desde el otro lado del andén; Elías todavía mira fijo al tipo del sobretodo y mueve la cabeza como si asintiera sin emitir una sola palabra. Adán da media vuelta sobre sí mismo y se va por donde vino, sonriendo. Elías se queda ahí mirando al extraño desaparecer por la esquina donde están las escaleras.

Hoy Elías no pudo maravillar a los transeúntes desprevenidos con sus malabares de ascenso hacia el infierno. Esta mañana, Elías no estiró su mano curtida a los pasajeros del tren; nadie escuchó su voz ronca de acento provinciano pidiendo monedas.
Tampoco se enteró que su hijo recibió una propuesta para jugar en Newell's ni supo que su esposa ganó los diez millones en el juego de Susana.

Lo encontraron muerto antes del amanecer. Sin rastro alguno de la silla de ruedas, con una botella de cerveza en la mano, una sonrisa inmensa en la boca y los ojos abiertos fijos en el mural de letras naranjas en las que apenas puede leerse: Ragnarök.-



2 comentarios:

  1. Muy bueno, me engañaste, porque pensaba que la historia iba para otro lado. Pero no, y eso es excelente.

    Saludos

    J.

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"las palabras no valen sólo por su significado sino por el efecto que producen"
...Gracias...ʚϊɞ