Resulta que un día te rendís. Asumís que no tenés talento. Ni suerte. Ni paciencia. Descubrís que no importa cuánto apuestes, cúanto juegues. Los demás lo hacen con otro ritmo. Con otras reglas.
Así, rendida, emprendés el desafío de jugar todas las partidas sin jugarte nunca, en definitiva.
Te guardás el as en la manga, en la solapa, en la cama. Te levantás de la mesa, antes de retrucar. En voz baja. Aprendés que sólo tiene sentido jugar tus cartas para perderlas. La adrenalina es lo que valida la apuesta, el juego, el tiempo dispuesto.
Cuando asumís que podés perderlo todo, incluso antes de empezar, no hay derrota capaz de evitar que lo intentes. Y jugás, sólo jugás.
Te divertís, disfrutás, maniobrás, te reís aunque te de bronca. Aprendés a ganarle a la impotencia. Un juego perdido te energiza para iniciar el siguiente.
Pero sucede un día, aún cuando todavía no entendés bien cómo ni qué lo hizo posible, simplemente sucede. Un juego te vuelve plena.
Usaste la misma estrategia, jugaste, como siempre, sin miedo. Pero te das cuenta que querés extenderlo, que no querés que termine. Tan segura estabas de tu juego, que elegiste al adversario más potente y te apasionaste con la partida.
Usaste la misma estrategia, jugaste, como siempre, sin miedo. Pero te das cuenta que querés extenderlo, que no querés que termine. Tan segura estabas de tu juego, que elegiste al adversario más potente y te apasionaste con la partida.
Pero el juego te llevó más allá, dónde no creías posible llegar. Fue cuando tu agenda empezó a despejarse. Tu ex empezó a estorbarte. Y sus ojos empezaron a vulnerarte.
De repente, toda tu convicción acerca de tu incapacidad e inconveniencia para amar comienza a quebrarse.
Y no es que su piel te abrase, no es que sus ideas te conmuevan, no es que sus miedos atenten contra tu ego. Es la manera en la que te hace reír, lo que lo vuelve omnipotente.
Pero él ya no quiere jugar. Porque prefiere otro juego, porque se aburrió de éste o porque no quiere apostar. No importa cuál sea la causa, lo que es cierto, cruel, concreto, es que para él se agotó la partida. No quiere jugar más, ni siquiera entre las sábanas.
Jaque, mi reina. Perdió la cabeza. Vuelva a la caja. Llore, fuerte, y prepárese para una nueva partida.

"Siempre supe que mi nombre rima con pena" Cl, ʚϊɞ