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4 abr 2012

El hombre invisible


i.-


Tenía un matrimonio feliz hasta que me enamoré de otro hombre. Antes de conocerlo mi vida era mucho más simple, tal vez más gris y aburrida pero al menos posible.

Me cuesta encontrar el punto exacto en donde se inició el caos y los pocos recuerdos que aún conservo lo ubican en un día como el de ayer.

Nunca nadie lo vio conmigo y, sin embargo, todos a mí alrededor fueron alcanzados por su embrujo. Mis ojos, mi sonrisa y hasta la piel irradiaban su presencia.

Quisiera que los acontecimientos fuesen distintos pero soy incapaz de controlar los estímulos que siento en el cuerpo cada vez que lo pienso. De haber tenido una opción, hubiese elegido no sentirlo. Hice lo que pude y construí –paralelo- un universo donde la correspondencia nos hizo vivir plácidamente.

El psiquiatra dice que él no es real y tampoco mis recuerdos. Que todo es producto de mis deseos: la más creativa de mis utopías.

Mis afectos sinceros, todavía incrédulos y confundidos, me ruegan que lo deje ir, que lo borre de la memoria, aún sabiendo ellos y yo que para hacerlo debo matar a la mejor versión de mi misma. Porque si él no está, él no es y ni siquiera existe entonces yo tampoco puedo serlo.

La prescripción médica me obligó a quemar cada una de las diez mil cartas que me escribí fingiendo ser aquel hombre inquietante, atento y  honesto que un día me abrió una puerta. Pero las llamas de aquel ritual no han conseguido llevarse consigo las marcas que su ternura le imprimió a mi cuerpo. Su capacidad de estimularme resiste cualquier intento químico por quitarle a mis células los recuerdos.

El procedimiento para recuperar la sensatez es tan doloroso que empiezo a idear una farsa capaz de convencer a cualquiera que ya no lo siento;  crear una forma de ocultar que me duelen sus miedos y le temo a su tormento. Una mentira donde su sabiduría no me alimente y su risa redima mi aliento. Necesito ahogar cualquier evidencia que me conmueve solo con su existencia. Y traicionar así su confianza y romperle el corazón, aprendiendo a vivir sin necesitarlo o haciendo de cuenta que puedo.

Mientras voy asesinándolo con pastillas de colores puedo ver en sus ojos oscuros nublados por la angustia y lo escucho pedirme perdón. Por no salvarme, por no conseguir cuidarme, incluso de él y sus deseos. Lo veo morderse la boca para contener mi equilibrio y en su defensa, también se deja morir y con él a nuestros sueños.

Casi sin resistirme ingreso a un túnel que promete -del otro lado- devolverme la cordura. Me dejo vencer con la esperanza que al despertar todavía lo encuentre.

Apenas consigo mantener los ojos abiertos, pero aún así puedo percibir en los de mi marido su desolación. Aunque nuestra pareja se basó más en la lealtad que en la fidelidad, su amor incondicional y su confianza en el tratamiento no logran soslayar la certeza que jamás volverá a ser el hombre más importante en mi vida.
Porque en cada resquicio de la memoria quedará –clandestino- una fracción de su presencia. En todos libros encontraré un camino de regreso hacia nuestra intimidad; en cualquier sábana  reinventaré su perfume y ante una duda buscaré en sus ideas una salida.


Y cada ausencia validara su existencia. Nada más cercano a lo cierto y definitivo: la sombra del hombre invisible eclipsará cada uno de nuestros días hasta que al fin lo encuentre.-

Pétalos by Tan Bionica on Grooveshark

13 dic 2011

El laberinto.-


“…me contó que llevaba cien días 
encerrada en aquel bar, 
pidiendo fuego o alguna pista 
que le ayudara a encontrar 
la luz dentro del laberinto, 
el mapa donde está escondido, 
el mar donde arden las promesas, 
donde solía naufragar…”


Llevo exactamente 12 horas sin parar de llorar. Nunca imaginé que eso fuera físicamente posible. Pero es evidente que desconozco los límites de mi propia anatomía. Tampoco puedo explicar el origen de tanta impotencia sólo puedo ubicarla en ése espacio intersticial que existe entre el cuerpo y el pensamiento.

Necesito dejarla salir. Como yo está perdida en un laberinto. Mi alegría y mis certezas se perdieron en alguno de sus recovecos.  En la mirada ajena, en las sonrisas que me robaron, en el amor que no supe concretar.

No tuve la cautela de Ariadna de mantener un cable atado a la realidad. Y me perdí. Enfrentando el monstruo interior, a oscuras, mientras todo tiembla.

Quizás lo mejor de mí quedó atrapado en aquel laberinto. O simplemente fue lo mejor que yo quise que fuera. Como sea, necesito rescatarlo de allí dentro, de acá dentro. Y salvar las creencias. 

No soy lo que muestro, no sólo soy lo que ves, sino, también, todo aquello que sucede oculto y callado. Los miedos subterráneos capaces de colapsar toda mi estructura rígida e inflexible.

Pero me estoy permitiendo caer. Drenando miedo. Llegué a lo más oscuro de mí misma, a mi centro, a mi monstruo interno. Lo estoy dejando morir, intentando quitarle su alimento. 

Mientras apuesto mis últimos suspiros a que le crezcan alas a la oruga para que de una vez, y para siempre, aprenda a volar.-

Gentileza en afecto y papel de  Javier

Cien Días by Ismael Serrano on Grooveshark

4 sept 2011

Partida



Resulta que un día te rendís. Asumís que no tenés talento. Ni suerte. Ni paciencia. Descubrís que no importa cuánto apuestes, cúanto juegues. Los demás lo hacen con otro ritmo. Con otras reglas.


Así, rendida, emprendés el desafío de jugar todas las partidas sin jugarte nunca, en definitiva.

Te guardás el as en la manga, en la solapa, en la cama. Te levantás de la mesa, antes de retrucar. En voz baja. Aprendés que sólo tiene sentido jugar tus cartas para perderlas. La adrenalina es lo que valida la apuesta, el juego, el tiempo dispuesto.

Cuando asumís que podés perderlo todo, incluso antes de empezar, no hay derrota capaz de evitar que lo intentes. Y jugás, sólo jugás.
Te divertís, disfrutás, maniobrás, te reís aunque te de bronca. Aprendés a ganarle a la impotencia. Un juego perdido te energiza para iniciar el siguiente.

Pero sucede un día, aún cuando todavía no entendés bien cómo ni qué lo hizo posible, simplemente sucede. Un juego te vuelve plena. 
Usaste la misma estrategia, jugaste, como siempre, sin miedo. Pero te das cuenta que querés extenderlo, que no querés que termine. Tan segura estabas de tu juego, que elegiste al adversario más potente y te apasionaste con la partida.

Pero el juego te llevó más allá, dónde no creías posible llegar. Fue cuando tu agenda empezó a despejarse. Tu ex empezó a estorbarte. Y sus ojos empezaron a vulnerarte.

De repente, toda tu convicción acerca de tu incapacidad e inconveniencia para amar comienza a quebrarse.

Y no es que su piel te abrase, no es que sus ideas te conmuevan, no es que sus miedos atenten contra tu ego. Es la manera en la que te hace reír, lo que lo vuelve omnipotente.

Pero él ya no quiere jugar. Porque prefiere otro juego, porque se aburrió de éste o porque no quiere apostar. No importa cuál sea la causa, lo que es cierto, cruel, concreto, es que para él se agotó la partida. No quiere jugar más, ni siquiera entre las sábanas.

Jaque, mi reina. Perdió la cabeza. Vuelva a la caja. Llore, fuerte, y prepárese para una nueva partida.

"Siempre supe que mi nombre rima con pena" Cl,  ʚϊɞ

18 may 2011

Nostalgia

 “…sé que voy a quererte sin preguntas
sé que vas a quererme sin respuestas…”



La siesta me devolvió nostalgia. Quizás fuera el frío, la curiosidad infantil de entender las galaxias o mis histriónicas explicaciones científicas lo que nos obligó a amontonarnos, otra vez, en esa cama.

El olorcito de esos cuerpitos recién bañados y  los mimos bajo las sábanas eran lo único capaz de romper el trance entre la película y nosotros. El democrático debate estableció que mi lugar en la contienda era el del centro. Equidistante entre la incomodidad y las caricias. Atrapada entre el aquí y el más allá.

Ellos velaron mi sueño. Enredados los pies y las manos, los tres.

Entonces, escuché susurrar al menor decir: - ¡Mirá como duerme! Parece un gatito.

Y la princesa rompió el embrujo: - ¡Papá, la va a despertar y se va a volver a ir!

Con mi mayor esfuerzo intenté prolongar la agonía, soy especialista en eso, pero finalmente abrí los ojos. 

El golpe que me devolvió a la tierra, fue el encuentro de los ojos. En ellos vi renacer la angustia que creímos liberada. La impotencia masculina se me representó de repente.

Su cuerpo no miente, sus ojos tampoco. Y cuando la verdad se te representa con tanta violencia, es imposible negarla ni ocultarla.

Los niños tienen una sabiduría perturbadora. Y que ellos hayan acomodado su historia con menos excusas que los adultos desnuda la realidad de manera cruel, terminante y definitiva: Sus hijos me aman más que él. 

Y eso me ubica en un lugar tan alto, tan lejos, tan etéreo que no logra alcanzarme. Es incapaz  de hacerlo. No quiere hacerlo. Y ante tremenda evidencia todo el amor que puedo se vuelve impotente.

La nostalgia se desata, no sólo con el recuerdo de que todo pasado fue mejor, sino cuando empezamos a extrañar todo aquello que no sólo no fue sino que tampoco será. 

La nostalgia que desata un afecto truncado es un tifón, incontrolable. La madurez exige ser responsables, porque cuando el amor se multiplica, por dos, por tres, por mil, las consecuencias del fracaso y la impotencia hacen que el huracán de la nostalgia sean demoledoras.

Ellos quedaron sonrientes, fascinados con sueños estelares, eclipsados por el destino escrito de luchar contra el mal. Como nosotros, malditos hipócritas, incapaces de luchar contra el desamor y la cobardía. 

Yo no he vuelto a soñar. Apenas si puedo dormir.






13 may 2011

Levántate y anda

"Tiendo y destiendo mi cama
sacudo pedazos de sueños en llamas
sombras delatoras de amor 
ocultan su cara"

(Roque Narvaja)



¿Y si nunca más te enamoras? ¿Y si eso fuera verdad? 
¿Y si nunca más podes volver a amar? O peor aún: dejar de amar.
Quizás entonces debamos asumir derrotas y estigmas.

Y si el tuyo sea para siempre, vivir sin volver a sentir por quien matar por quien morir, 
entonces deberás aprender a vivir con eso, a disfrutar de la vida, con eso.
A ser feliz con eso...o sin eso.

¿Sabes porque? Simple y definitivamente porque no hay salida alternativa.
No te estoy hablando desde la resignación, te hablo desde la resistencia.


Y si después de todo, un día dejas de quererla, 
dejas de sentirla, ya no dejas que te duela


Y si llega ese día, en que dejo de quererte, 
dejo de sentirte y dejas de dolerme.


Ese día seremos, contradictoriamente, 
más fuertes y más débiles. 


Seremos capaces de arriesgar un nuevo sueño. 
Y si no, ya sabemos como se siente: exactamente como ahora

Entonces, ¿Que hacemos? ¿Seguimos acostados sobre la cama de clavos?








23 dic 2010

Haciendo Camino al andar

 (recuperado de las arcas del recuerdo etírico)

Anoche soñé contigo. Otra vez. Y nuevamente te perdía entre la multitud combativa, sin poderlo evitar antes de despertar. Una vez más esa especie de premonición (más bien certeza) onírica me provocó una inexplicable angustia. 
Al andar la horas esa sensación, empezaba a desvanecer cumpliendo así su cruel destino, concretándose.

Pero algo fue diferente esta vez, algo cambió en este trágico ciclo kármico, tu recuerdo volvió a formarse en materia.
Ahí, en medio del monte santiagueño, un desconocido  me habló de vos, y fue en esas  palabras, como me dijiste un día, tu humanidad se me presentó. Otra vez.

Y sin saberlo,  aquel extraño trovador, en estas tierras olvidadas,   hablando de vos,  habló también de mí
El jamás sabrá, que logró su objetivo de poesía, con herramientas insospechadas, reactivando la nostalgia.

Sabiendote tan lejos, no sólo por los kilómetros.
No entenderás, a veces yo tampoco puedo, porque esto sigue ahí, como una piedra en el zapato, molestando, pero acostumbrando
Hasta que un nuevo camino del recorrido, o uno viejo retransitado, me obligue a sentarme, a detenerme a ver que hacer con ella.

Mientras la miro, y le hablo la piedra sigue ahi.
Pero, ante su evidente silencio, me resigno
Sigo camino.
Hasta la próxima vez.